hamacas

Una hamaca en movimiento, no es una hamaca. Es una sonrisa, un raspón en la rodilla, un vuelo encadenado, la infancia. Desplegar los pies como dos enormes alas e impulsar el aire de un lado a otro hasta alcanzar velocidades enormes son las dos únicas reglas que se deben conocer para practicar su diversión.
Las manos transpiran mi alegría y se la trasmiten a su fiel compañera de baile. Entre las dos, la cadena y mi mano, se fusiona un color nuevo. Oxido de mar y sol erosionado por tan sólo cinco años de experiencia.
Somos una... ya nadie podrá separarnos.
Soltar las manos, caer al suelo, reir de dolor y volver a subir son consecuencias de nuestra íntima relación de dependencia.
Rompe el espacio terco, oscuro, sólido, mi hermosa levedad de brisa primaveral. Lo saludo y cuando está distraído lo corto en dos pedazos, como una naranja. Nunca se dá por vencido, es tan predecible. Jugamos a la cortesía pero luego siempre tengo que fracturarlo. Sino no podría seguir subiendo los escalones de espuma y hojas.
- !Hasta que dé vueltas!
Los cabellos se enloquecen y gritan con cada uno de sus folículos la esperada libertad de
aquel prolijo peinado realizado con tanto cuidado por la mañana. Pobre madre mía... pobre peine tan obsesionado con aquellos rebeldes que no se atienen a la "colita" o la "vincha".
Voy y vengo, los zapatos están de más y pum... al suelo.
!Cuidado! con el que se cruze. Peligrosa arma mi envión. Levanta las polleras de las curiosas, desparrama helados y chupetines y arremete con los peliquines de los tímidos pelados. No se preocupen, no es mi intención lastimar a nadie. Sólo quiero plena desición sobre el próximo empujón y acción encarnada en rodilla-pantorilla-pie-pie-pantorilla-rodilla.
- No me empujes tan fuerte
- No, tan alto no, me da miedo.
- Me quiero hamacar sola
Ir y venir, saltar, jugar y volar por horas en aquella plaza.
***
Volver, subir tímidamete y arropar la sensación guardada en el armario de la felicidad. La acuno y me voy mesiendo cada vez más fuerte para que no se espante. Hasta que en un momento me estoy hamacando de una forma imposible de detener.
Me miran los ojos que todavía no podido dejar atrás la armadura y jugar a la rayuela con su corazón. Hablan y yo me rio cada vez más fuerte. Nada puede importarme.
Estoy en todas las hamacas que alguna vez estuve, en todas las plazas, las ciudades, las infancias.
Vuelo una vez más hacia el sueño inalcanzable de tocar el sol, de llegar al cielo y no necesitar de nada, por fin, para lograrlo.
Me alejo y no miro hacia atrás. No es una despedida. Juntarnos a intercambiar infancias en el aire de aquella roja hamaca es una cita impostergable.
Me miran los ojos que todavía no podido dejar atrás la armadura y jugar a la rayuela con su corazón. Hablan y yo me rio cada vez más fuerte. Nada puede importarme.
Estoy en todas las hamacas que alguna vez estuve, en todas las plazas, las ciudades, las infancias.
Vuelo una vez más hacia el sueño inalcanzable de tocar el sol, de llegar al cielo y no necesitar de nada, por fin, para lograrlo.
Me alejo y no miro hacia atrás. No es una despedida. Juntarnos a intercambiar infancias en el aire de aquella roja hamaca es una cita impostergable.
Etiquetas: prosa poética
2 Comentarios:
¡¡Que bonito, Caro!! Nunca me imaginé que de una hamaca (quenoessolounahamaca) podían salir tantas palabras así. Y además, nostalgia creciente, miles de imágenes también saliendo de acá.
Encantador, nena.
Really.
¡La infancia es tan bella! No creo que alguien, en alguna u otra medida, no quiera librarse de su armadura. ¿Pero cómo evitar los golpes sino, eh?
Más que jugar los juegos de la infancia daría mi reino por poder siempre ver con aquellos ojos hambrientos de mágica belleza.
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