paraísos.perdidos

Salía de las pequeñas rutinas, los domingos a la tarde, para penetrar lugares desconocidos, conseguir "Aventuras" y hacer de la existencia algo simplemente especial.
Tenía 14 años, me reconocía diferente al interpretar aquel papel, todo el esenario natural brindaba todo lo que una obra de teato debe tener, (escenografía, vestuario, banda musical) y yo sólo tenía que decir mis líneas, o más bien vivirlas.
Leser se llama el lugar, y queda a unos 30 km de la capital salteña donde vivía en esas épocas.
Era un lugar alejado, de esos que generan misterio antes de conocerlos, aquellos que despiertan ilusiones, esperanzas, fantasías y en el mismísimo instante de estar cara a cara con ellos, no descubren ni una milésima parte de todo lo que imaginamos. Hay que encerrarlos, acorralarlos, tenderles pequeñas trampas y quizás, sólo quizás, tengamos la oportunidad de dejar que se abran para nosotros.
Me disponía a recorrerlo, como todos los domingos, me sentía parte de aquellos cerros, de aquellos árboles, de aquellos ríos.
Aquel domingo un poco gris, me dispuse, luego de comer el asado dominical con la familia, a emprender esas travesías que me mantenían pensando toda la semana y le imprimían un poco más de sentido a mi vida.
Llevaba una mochila, con una botella de Agua, una manzana, un anotador, una brújula, una lapicera Bic, un libro, mi walkman y un par de zapatillas*
Otro objeto crucial que no podía faltar, era el Báculo, aquel mágico objeto que encontré en otra aventura, y dispuse a adueñarmelo y a tallarle con unas trabitas, la C.
Yo me sentía una especie de maga del siglo XVII o XV en el medio de todo ese campo. Muchas veces iba hablando sola, cantando, e imaginando historias que luego escribiría en mi cuaderno al llegar a casa.
Era imposible que no me encontrara con objetos que llamaran mi atención, como una vez, encontré una abeja que tenía una sola ala, y la pobre, trataba de volar y no podía, entonces yo la levanté y la puse más alto, para que sus compañeras pudieran verla, y así fue, la vieron y la rescataron.
Otra vez encontre una media flotando en el río (ya que yo siempre lo seguía para no perderme) y adentro habia un cartelito, bastante borroso ya, que decía: "la media me está matando". Nunca supe si interpretarlo como algo literal, o como algo metafórico.
Los objetos más encontrados eran: zapatos, remeras, papeles, bolsas, comida, ya que mucha gente iba a pasar el día por esos lados y olvidaría alguno de esos objetos personales.
Caminaba por horas, subía pequeñas lomadas, que aunque fueran bajas de altura, a mi me daba mucha satisfacción subirlas. Al llegar tiraraba todo lo que me pesaba, y ponía mis manos alrededor de mi boca y gritaba: Hola... hola... la... la... a... a...
Siempre me contestaba, ya eramos como hermanos de sangre, nos comunicabamos con el sonido de la copa de los árboles, los colores del cielo y todo hablaba. Los pájaros, los animales, las plantas, el río, nada era igual... todo iba cambiando en cada minuto que se moría.
Pero no se moría, todo como que renacía permanentemente y yo también, me sentía parte de toda esa transformación y soñaba.
En esas épocas todavá soñaba, imaginaba, reía y era como una niña que todo le asombraba y no podía dejar de sorprenderse ante pequeñas cosas que se le cruzaban.
Era Caro la brujita, que hacía pociones encantadas para despertar a los árboles en primavera, y la que mandaba a las nubes a que se convirtieran en la forma que ella quería. Era yo, esa que corría cuando veía una serpiente o una araña, y me escondía atrás de un árbol, como si este me abrazara y me cuidará, o la serpiente vendría corriendo a mi encuentro.
Era yo, esa que se subía a los árboles y volaba con las alas de otros pájaros. Era yo... si. A veces tengo que repetirmelo, porque pareciera tan lejano, tan irreal, que uno comienza a dudar si realmente habrá pasado.
Esa tarde, seguí el rió, buscando piedritas de colores para pintarme la cara, descansando y comiendo mi manzana, evitando Ciénagas y todos los peligros del campo, que luego le reprochaba, como si me escuchara.
Camine... y caminé, no sé por cuanto tiempo, solo sé que era un día gris, pero que se iba despejando a medida que avanzaba.
Llegué a un lugar, habia una enorme piedra que dividía la confluencia de dos riós, uno blanco que provenía del agua de deshielo que caía del cerro, y el otro marrón, turbulento, caudaloso, que venía de otras tierras, con todas sus piedras y palos a cuestas.
Esa enorme piedra tenía una inscipción en aerosol negro: WELCOME
Por momentos, cuando la leí, sonreí y sentí que una vez más ese lugar y yo nos conectábamos, y hablabamos el mismo idioma (en este caso no, pero el Inglés es universal no :D )
Logré llegar hasta la piedra, y me senté allí, no podría explicar todo lo que sentí, la paz que me invadió por la espalda, por la boca, por las orejas, por todos lados. El cielo era azul, el sol iluminaba con todas sus fuerzas, los sonidos eran tenues, y finalmente escuchaba los latidos de mi corazón, el sonido de mi respiración.
Cada segundo allí era una eternidad, y era feliz, y me reía sola, como si el viento con sus roces, me contara chistes, o el agua con su andar me invitará a sonreir.
Fue como un estado de trance, que no sé cuanto duro, pero fue por demás mágico.
Lo más misterioso de la única aventura, que creo haber vivido en mi vida, fue que en un momento volví al mundo de los mortales, y recordé que existía el tiempo, y otros seres humanos, que, a lo mejor, estarían preocupados por mi.
Me dispuse a volver, camine unos metros, sin mirar hacia atrás, hasta que de repente miré hacia atrás, y como ese pasaje del antiguo testamento, donde una ciudad se estaba incendiando y Dios, les avisó antes a algunos, y les pidió que no miraran atrás, y una de ellas miró y se convirtió en estatua, bueno, yo también me conviertí en estatua, porque me quedé atonita, la piedra ya no estaba allí, ni los ríos, ni el sol, ni nada de todo eso que habia vivido.
Volví sobre mis pasos " no puede ser" me repetía, daba vueltas sobre mis mismas huellas, hasta podía sentirme, y no habia nada, absolutamente nada...
Resignada, triste, volví con la cabeza baja a la civilización, y nunca pude volver a ser la misma.
Siempre me he preguntado, si lo soñe, o lo imaginé despierta (tanto que deseaba yo encontrar algo totalmente especial), o quizás eso era el cielo, el paraiso, y reviví.
No se... son tántas las interpretaciones que se pueden hacer, que creo que ninguna y todas serían acertadas, ya que, de todos modos, nunca podré comprobarlo, aunque, nunca digas nunca, porque no pude volver, aunque lo intenté no lo encontré, hablé con lugareños, y desconocían aquella enorme piedra: "¿cómo podían desconocerla?" pensaba yo, "si era tan grande, aparte ese escrito en inglés era imposible de olvidar" ¿Quién lo habría escrito, alguién más debe haber estado alli?
Bueno, todas ese tipo de pregunta me martirizaron por un tiempo, hasta que decidi dejar de preguntarme el por que, y disfrutar de esos instantes de felicidad plena, de paz interior, de perfección absoluta, de paraíso. Recordarlo así, y ahora compartirlo con ustedes, a este pedacito de cielo, que un día alguien me regalo, y hasta me dió la bienvenida.
Tenía 14 años, me reconocía diferente al interpretar aquel papel, todo el esenario natural brindaba todo lo que una obra de teato debe tener, (escenografía, vestuario, banda musical) y yo sólo tenía que decir mis líneas, o más bien vivirlas.
Leser se llama el lugar, y queda a unos 30 km de la capital salteña donde vivía en esas épocas.
Era un lugar alejado, de esos que generan misterio antes de conocerlos, aquellos que despiertan ilusiones, esperanzas, fantasías y en el mismísimo instante de estar cara a cara con ellos, no descubren ni una milésima parte de todo lo que imaginamos. Hay que encerrarlos, acorralarlos, tenderles pequeñas trampas y quizás, sólo quizás, tengamos la oportunidad de dejar que se abran para nosotros.
Me disponía a recorrerlo, como todos los domingos, me sentía parte de aquellos cerros, de aquellos árboles, de aquellos ríos.
Aquel domingo un poco gris, me dispuse, luego de comer el asado dominical con la familia, a emprender esas travesías que me mantenían pensando toda la semana y le imprimían un poco más de sentido a mi vida.
Llevaba una mochila, con una botella de Agua, una manzana, un anotador, una brújula, una lapicera Bic, un libro, mi walkman y un par de zapatillas*
Otro objeto crucial que no podía faltar, era el Báculo, aquel mágico objeto que encontré en otra aventura, y dispuse a adueñarmelo y a tallarle con unas trabitas, la C.
Yo me sentía una especie de maga del siglo XVII o XV en el medio de todo ese campo. Muchas veces iba hablando sola, cantando, e imaginando historias que luego escribiría en mi cuaderno al llegar a casa.
Era imposible que no me encontrara con objetos que llamaran mi atención, como una vez, encontré una abeja que tenía una sola ala, y la pobre, trataba de volar y no podía, entonces yo la levanté y la puse más alto, para que sus compañeras pudieran verla, y así fue, la vieron y la rescataron.
Otra vez encontre una media flotando en el río (ya que yo siempre lo seguía para no perderme) y adentro habia un cartelito, bastante borroso ya, que decía: "la media me está matando". Nunca supe si interpretarlo como algo literal, o como algo metafórico.
Los objetos más encontrados eran: zapatos, remeras, papeles, bolsas, comida, ya que mucha gente iba a pasar el día por esos lados y olvidaría alguno de esos objetos personales.
Caminaba por horas, subía pequeñas lomadas, que aunque fueran bajas de altura, a mi me daba mucha satisfacción subirlas. Al llegar tiraraba todo lo que me pesaba, y ponía mis manos alrededor de mi boca y gritaba: Hola... hola... la... la... a... a...
Siempre me contestaba, ya eramos como hermanos de sangre, nos comunicabamos con el sonido de la copa de los árboles, los colores del cielo y todo hablaba. Los pájaros, los animales, las plantas, el río, nada era igual... todo iba cambiando en cada minuto que se moría.
Pero no se moría, todo como que renacía permanentemente y yo también, me sentía parte de toda esa transformación y soñaba.
En esas épocas todavá soñaba, imaginaba, reía y era como una niña que todo le asombraba y no podía dejar de sorprenderse ante pequeñas cosas que se le cruzaban.
Era Caro la brujita, que hacía pociones encantadas para despertar a los árboles en primavera, y la que mandaba a las nubes a que se convirtieran en la forma que ella quería. Era yo, esa que corría cuando veía una serpiente o una araña, y me escondía atrás de un árbol, como si este me abrazara y me cuidará, o la serpiente vendría corriendo a mi encuentro.
Era yo, esa que se subía a los árboles y volaba con las alas de otros pájaros. Era yo... si. A veces tengo que repetirmelo, porque pareciera tan lejano, tan irreal, que uno comienza a dudar si realmente habrá pasado.
Esa tarde, seguí el rió, buscando piedritas de colores para pintarme la cara, descansando y comiendo mi manzana, evitando Ciénagas y todos los peligros del campo, que luego le reprochaba, como si me escuchara.
Camine... y caminé, no sé por cuanto tiempo, solo sé que era un día gris, pero que se iba despejando a medida que avanzaba.
Llegué a un lugar, habia una enorme piedra que dividía la confluencia de dos riós, uno blanco que provenía del agua de deshielo que caía del cerro, y el otro marrón, turbulento, caudaloso, que venía de otras tierras, con todas sus piedras y palos a cuestas.
Esa enorme piedra tenía una inscipción en aerosol negro: WELCOME
Por momentos, cuando la leí, sonreí y sentí que una vez más ese lugar y yo nos conectábamos, y hablabamos el mismo idioma (en este caso no, pero el Inglés es universal no :D )
Logré llegar hasta la piedra, y me senté allí, no podría explicar todo lo que sentí, la paz que me invadió por la espalda, por la boca, por las orejas, por todos lados. El cielo era azul, el sol iluminaba con todas sus fuerzas, los sonidos eran tenues, y finalmente escuchaba los latidos de mi corazón, el sonido de mi respiración.
Cada segundo allí era una eternidad, y era feliz, y me reía sola, como si el viento con sus roces, me contara chistes, o el agua con su andar me invitará a sonreir.
Fue como un estado de trance, que no sé cuanto duro, pero fue por demás mágico.
Lo más misterioso de la única aventura, que creo haber vivido en mi vida, fue que en un momento volví al mundo de los mortales, y recordé que existía el tiempo, y otros seres humanos, que, a lo mejor, estarían preocupados por mi.
Me dispuse a volver, camine unos metros, sin mirar hacia atrás, hasta que de repente miré hacia atrás, y como ese pasaje del antiguo testamento, donde una ciudad se estaba incendiando y Dios, les avisó antes a algunos, y les pidió que no miraran atrás, y una de ellas miró y se convirtió en estatua, bueno, yo también me conviertí en estatua, porque me quedé atonita, la piedra ya no estaba allí, ni los ríos, ni el sol, ni nada de todo eso que habia vivido.
Volví sobre mis pasos " no puede ser" me repetía, daba vueltas sobre mis mismas huellas, hasta podía sentirme, y no habia nada, absolutamente nada...
Resignada, triste, volví con la cabeza baja a la civilización, y nunca pude volver a ser la misma.
Siempre me he preguntado, si lo soñe, o lo imaginé despierta (tanto que deseaba yo encontrar algo totalmente especial), o quizás eso era el cielo, el paraiso, y reviví.
No se... son tántas las interpretaciones que se pueden hacer, que creo que ninguna y todas serían acertadas, ya que, de todos modos, nunca podré comprobarlo, aunque, nunca digas nunca, porque no pude volver, aunque lo intenté no lo encontré, hablé con lugareños, y desconocían aquella enorme piedra: "¿cómo podían desconocerla?" pensaba yo, "si era tan grande, aparte ese escrito en inglés era imposible de olvidar" ¿Quién lo habría escrito, alguién más debe haber estado alli?
Bueno, todas ese tipo de pregunta me martirizaron por un tiempo, hasta que decidi dejar de preguntarme el por que, y disfrutar de esos instantes de felicidad plena, de paz interior, de perfección absoluta, de paraíso. Recordarlo así, y ahora compartirlo con ustedes, a este pedacito de cielo, que un día alguien me regalo, y hasta me dió la bienvenida.
--------------------
*Ya que en una de esas travesías, pisé en una especie de pantano (que enrealida se llaman Cienagas) y me chupó el zapato, tuve que volver con un zapato menos.
Etiquetas: historias de niñez, magia, personalisimos
0 Comentarios:
Publicar un comentario
<< Volver a mi.rayuela