mi.salta.querida

Me encuentro en un valle que está de luto con sus hojas marrones y amarillas y sus árboles desnudos ante la crudeza del invierno. Las estaciones cambian y todo a su alrededor de transforma, se renueva.
Vuelvo cada estación y encuentro una ciudad diferente. Con nuevos colores, con viejos olores, con muchas caras desconocidas y cada vez menos ojos a los cuales puedo mirar con familiaridad. Recorro sus calles y me pierdo, cada vez que vuelvo, me voy perdiendo un poco de su esencia, voy dejandola libre, como un caballo salvaje que se ha escapado de su corral.
Quisiera retenerla, en mis recuerdos, en mis melancolías de tardes frías como esta, pero no puedo, se desvanece todo como un castillo de arena arrasado por las embravecidas olas del mar, y ya no es lo mismo. No puedo recordar aquellos espacios, esos rincones, aquellas texturas, sus colores y olores, tal cual yo los deje. Ahora son diferentes, tienen otro gusto, no amargo, pero diferente.
Eso hace que ya no pueda identificarme, que no sea mi lugar. Ya no me encuentro en esa esquina besando a un niño de 15 años por primera vez. Tampoco me veo esperando el recreo por la ventana de aquel viejo colegio. Los parques y sus bancos, que tantas veces me habrán dado refugio, a mi y a mis libros, ya no tienen ese olorcito que yo les imprimí por años.
Me son extraños, todo me es extraño, las caras, las casas, las conversaciones, los pies y las manos, hasta yo misma me desconozco. Solía escribir estas mismas cosas, en este mismo cuarto, que ya no es mi cuarto, pero lo era. ¿Eso no lo hace mi cuarto ahora?
Yo creo que no, todo lo que fue, ya no es, y se fue para siempre. Los recuerdos se manchan con tantas tintas de colores, que ya no puedo divisar claramente cual era la verdadera imagen, el verdadero gusto y el verdadero olor. Todo parece un sueño, algo que no se si pasó o simplemente lo inventé.
Los cerros siguen en el mismo lugar, entre mi ventana y ellos no solo hay varias cuadras, sino un abismo de tiempo perdido, de otros espacios que se han inmiscuido entre nuestra preciada relación, entre naturaleza y hombre hay civilización, tecnología, cemento y mucha superficialidad.
Antes nos conectábamos tan bien… el cerro y yo… el verde, la primavera… los árboles. Eramos Salta en cada paso, en cada palabra, en cada pensamientos, eramos uno solo. Una ciudad y sus habitantes, una mezcla bastante heterogenea, pero que a fin de cuentas tenía gusto a comida casera, a casa, a hogar.
Hoy somos dos extraños, que nos hemos desconocido la mirada, nos hemos perdido por los rumbos de la vida, y hoy ya no podemos mirarnos y mucho menos reconocernos.
Para mi todo es tan diferente, que ya no se si me gusta. Quizás prefiera aquel recuerdo grato, de bicicletas y tierra, corridas, “piedra libre”, amores adolescentes y un corazón aprendiendo a caminar.
A pesar que ya no nos visitemos, y mantengamos una distancia, ella y yo, siempre nos encontraremos unidas en aquel lugar donde siempre será mi origen, mi cuna, mis primeros pasos hacia un renacimiento interior de la persona que actualmente soy.
Mi camino se desvió del camino que sus cielos cubren, mi camino encontró su rumbo entre los grandes edificios y las miradas perdidas de un Buenos Aires, que de a poco he aprendido a quererla, a extrañarla y por sobre todo a identificarla con mi casa, mis olores, mis colores, mi presente y mi reflejo exterior.
Yo soy como Buenos Aires, salvaje, rebelde, camino sin rumbo hacia algun lugar que todavía no he descubierto cual es, pero eso ya no me importa. Disfruto del trayecto, de sus obstáculos y dolores, pero también de sus premios y alegrías.
Disfruto del hecho de estar aquí y ahora, de poder ser lo que quiero ser, o al menos tratar de serlo todos los día.
Soy como su marea turbulenta, como su luna que cambia de fases en el mismo mes, y como su cielo , un poco estrellado, pero lleno de luces. A veces también soy oscura como sus noches de invierno y tiendo a entristecerme con las ventanas cerradas de sus altos edificios. Buenos Aires me contagia sus estados de animos, me trasmite una fuerza de vida, que Salta me quitaba.
Amo la vorágine que como una cascada escupe cada uno de aquellos que se le interponen en su camino. No podría cambiar esa sensación de pura y simple existencia por nada del mundo. Sus ruidos se han hecho parte de mis sonidos diarios, podría escribir una sinfonia y representar su lado musical. Esos sonidos cantan lo que mi voz en esta tarde lluviosa canta.
Los pájaros han migrado al calor del verano y me encuentro sola, aquellos viejos amigos tambiém han cambiado, han encontrado sus propios rumbos, y ya no se cruzan nuestros caminos.
En esta misma banca, esta en la que estuve sentada toda la tarde, he escrito tantos poemas y cartas de amor, como de desamor.
Pero ella ya no me recuerda, tiene escrito otros nombres en sus respaldos, Maria y Jose 04, están justo encima de mi nombre y el de él un par de años más atrás que esa fecha.
Pero no importa, “nada se pierde, todo se trasforma” como dice la canción de Drexler. El mundo vive regenerandose, igual que nosotros mismos, todo el tiempo. A cada instante todo es totalmente diferente de cómo lo habiamos dejado y ya no puede identificarnos en absoluto.
Igualmente no puedo dejar de sentir el frío que sienten mis manos, cuando las saco de los bolsillos de mi campera, y soy una turista más en esta pintorezca ciudad, asi como tampoco puedo no sentir tristeza porque todo ya no sea como antes, porque esta Salta que me vio nacer, no sea, más que un simple recuerdo feliz, de 18 años de existencia, de infancia, de niñez y adolescencia, todo junto, como si se hubiera esfumado entre mis manos. Tan poco tiempo fue… y eso es… pasado puro, por lo tanto ya no es, ni será.
Lo más paradójico de estas sensaciones encontradas que siento cada vez que vuelvo a mi origen, es que no puedo dejar de emocionarme, cuando el colectivo en su trayecto final, se abre paso entre los cerros que rodean esta escondida ciudad , y se abre ante mi vista, toda su inmensidad en su esplendor, que me recibe con los brazos abiertos, como si nunca me hubiera ido me dice: “bienvenida, todo sigue igual, solo faltabas vos”. No puedo evitar que las lágrimas de la emoción corran por mis mejillas, al ver a mi Salta querida, toda junta, como en una foto en frente de mis propios ojos, acercarse a mi tanto, que pareciera que vuelve a ser mia otra vez. Nos abrazamos por unos segundos, nos hemos extrañado tanto a pesar de todo, tanto, que volveremos a separarnos para tener que extrañarnos y para tener siempre una excusa para volver y reunirnos entre mi capital de país y mi pequeña ciudad infantil.
Todo en uno... un solo país en mis dos ojos, mis manos y mis pies... todo eso que soy, he sido y seré.
Vuelvo cada estación y encuentro una ciudad diferente. Con nuevos colores, con viejos olores, con muchas caras desconocidas y cada vez menos ojos a los cuales puedo mirar con familiaridad. Recorro sus calles y me pierdo, cada vez que vuelvo, me voy perdiendo un poco de su esencia, voy dejandola libre, como un caballo salvaje que se ha escapado de su corral.
Quisiera retenerla, en mis recuerdos, en mis melancolías de tardes frías como esta, pero no puedo, se desvanece todo como un castillo de arena arrasado por las embravecidas olas del mar, y ya no es lo mismo. No puedo recordar aquellos espacios, esos rincones, aquellas texturas, sus colores y olores, tal cual yo los deje. Ahora son diferentes, tienen otro gusto, no amargo, pero diferente.
Eso hace que ya no pueda identificarme, que no sea mi lugar. Ya no me encuentro en esa esquina besando a un niño de 15 años por primera vez. Tampoco me veo esperando el recreo por la ventana de aquel viejo colegio. Los parques y sus bancos, que tantas veces me habrán dado refugio, a mi y a mis libros, ya no tienen ese olorcito que yo les imprimí por años.
Me son extraños, todo me es extraño, las caras, las casas, las conversaciones, los pies y las manos, hasta yo misma me desconozco. Solía escribir estas mismas cosas, en este mismo cuarto, que ya no es mi cuarto, pero lo era. ¿Eso no lo hace mi cuarto ahora?
Yo creo que no, todo lo que fue, ya no es, y se fue para siempre. Los recuerdos se manchan con tantas tintas de colores, que ya no puedo divisar claramente cual era la verdadera imagen, el verdadero gusto y el verdadero olor. Todo parece un sueño, algo que no se si pasó o simplemente lo inventé.
Los cerros siguen en el mismo lugar, entre mi ventana y ellos no solo hay varias cuadras, sino un abismo de tiempo perdido, de otros espacios que se han inmiscuido entre nuestra preciada relación, entre naturaleza y hombre hay civilización, tecnología, cemento y mucha superficialidad.
Antes nos conectábamos tan bien… el cerro y yo… el verde, la primavera… los árboles. Eramos Salta en cada paso, en cada palabra, en cada pensamientos, eramos uno solo. Una ciudad y sus habitantes, una mezcla bastante heterogenea, pero que a fin de cuentas tenía gusto a comida casera, a casa, a hogar.
Hoy somos dos extraños, que nos hemos desconocido la mirada, nos hemos perdido por los rumbos de la vida, y hoy ya no podemos mirarnos y mucho menos reconocernos.
Para mi todo es tan diferente, que ya no se si me gusta. Quizás prefiera aquel recuerdo grato, de bicicletas y tierra, corridas, “piedra libre”, amores adolescentes y un corazón aprendiendo a caminar.
A pesar que ya no nos visitemos, y mantengamos una distancia, ella y yo, siempre nos encontraremos unidas en aquel lugar donde siempre será mi origen, mi cuna, mis primeros pasos hacia un renacimiento interior de la persona que actualmente soy.
Mi camino se desvió del camino que sus cielos cubren, mi camino encontró su rumbo entre los grandes edificios y las miradas perdidas de un Buenos Aires, que de a poco he aprendido a quererla, a extrañarla y por sobre todo a identificarla con mi casa, mis olores, mis colores, mi presente y mi reflejo exterior.
Yo soy como Buenos Aires, salvaje, rebelde, camino sin rumbo hacia algun lugar que todavía no he descubierto cual es, pero eso ya no me importa. Disfruto del trayecto, de sus obstáculos y dolores, pero también de sus premios y alegrías.
Disfruto del hecho de estar aquí y ahora, de poder ser lo que quiero ser, o al menos tratar de serlo todos los día.
Soy como su marea turbulenta, como su luna que cambia de fases en el mismo mes, y como su cielo , un poco estrellado, pero lleno de luces. A veces también soy oscura como sus noches de invierno y tiendo a entristecerme con las ventanas cerradas de sus altos edificios. Buenos Aires me contagia sus estados de animos, me trasmite una fuerza de vida, que Salta me quitaba.
Amo la vorágine que como una cascada escupe cada uno de aquellos que se le interponen en su camino. No podría cambiar esa sensación de pura y simple existencia por nada del mundo. Sus ruidos se han hecho parte de mis sonidos diarios, podría escribir una sinfonia y representar su lado musical. Esos sonidos cantan lo que mi voz en esta tarde lluviosa canta.
Los pájaros han migrado al calor del verano y me encuentro sola, aquellos viejos amigos tambiém han cambiado, han encontrado sus propios rumbos, y ya no se cruzan nuestros caminos.
En esta misma banca, esta en la que estuve sentada toda la tarde, he escrito tantos poemas y cartas de amor, como de desamor.
Pero ella ya no me recuerda, tiene escrito otros nombres en sus respaldos, Maria y Jose 04, están justo encima de mi nombre y el de él un par de años más atrás que esa fecha.
Pero no importa, “nada se pierde, todo se trasforma” como dice la canción de Drexler. El mundo vive regenerandose, igual que nosotros mismos, todo el tiempo. A cada instante todo es totalmente diferente de cómo lo habiamos dejado y ya no puede identificarnos en absoluto.
Igualmente no puedo dejar de sentir el frío que sienten mis manos, cuando las saco de los bolsillos de mi campera, y soy una turista más en esta pintorezca ciudad, asi como tampoco puedo no sentir tristeza porque todo ya no sea como antes, porque esta Salta que me vio nacer, no sea, más que un simple recuerdo feliz, de 18 años de existencia, de infancia, de niñez y adolescencia, todo junto, como si se hubiera esfumado entre mis manos. Tan poco tiempo fue… y eso es… pasado puro, por lo tanto ya no es, ni será.
Lo más paradójico de estas sensaciones encontradas que siento cada vez que vuelvo a mi origen, es que no puedo dejar de emocionarme, cuando el colectivo en su trayecto final, se abre paso entre los cerros que rodean esta escondida ciudad , y se abre ante mi vista, toda su inmensidad en su esplendor, que me recibe con los brazos abiertos, como si nunca me hubiera ido me dice: “bienvenida, todo sigue igual, solo faltabas vos”. No puedo evitar que las lágrimas de la emoción corran por mis mejillas, al ver a mi Salta querida, toda junta, como en una foto en frente de mis propios ojos, acercarse a mi tanto, que pareciera que vuelve a ser mia otra vez. Nos abrazamos por unos segundos, nos hemos extrañado tanto a pesar de todo, tanto, que volveremos a separarnos para tener que extrañarnos y para tener siempre una excusa para volver y reunirnos entre mi capital de país y mi pequeña ciudad infantil.
Todo en uno... un solo país en mis dos ojos, mis manos y mis pies... todo eso que soy, he sido y seré.
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